LA TIERRA DE LA PIEDRA NEGRA


¿Querrían convertirse en desiertos en el desierto,
en luz naranja de risa y llanto,
volverse viento y dicha en la arena, néctar, escalofrío, libertad...
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miércoles, 7 de enero de 2009

ACUARELAS, MÁRTIRES Y VERDUGOS




A Claire Latowsky, que me regaló pinturas y me invitó a tapas.


Hace muchos años Chico era un poeta que cantaba y yo un poeta que pintaba. Éramos expertos en supervivencia urbana, aunque claramente había tongo en el tamaño generoso y desproporcionado de las tapas que nos ponían en el bar Kico de la Alfalfa. Chico pedía higadillos de pollo y yo un gazpacho en plato y un bollo de pan para hacerlo desaparecer mojando. Chico se hizo famoso, yo desaparecí. Hay un momento en la formación de la razón y la voluntad en el que uno anda perdido, barruntando futuros posibles, atragantado por la inmensidad de las opciones como un niño delante de un kiosco repleto de juguetes y chucherías, y puede salir por cualquier sitio. Así andaba Juan Ramón por Sevilla, pintando acuarelas, frecuentando los círculos anarquistas y también los burdeles. Así andaba también un muchacho que se llamaba Adolfo con lienzos y cuadernos por Munich, ciudad que también es un poco Sevilla y belleza capital de un sur lejano. Juan Ramón dejó España para siempre cuando vió que las balas eran balas, fueran fuego amigo o enemigo, y se convirtió en el brujo lírico más grande de su lengua. Adolfo se puso un sombrero de Napoleón, y no sólo no lo encerraron en ningún sitio, sino que millones lo consideraron un líder razonable. Chico y yo seguimos viéndonos y riéndonos, aunque a veces nos aburrimos porque nuestros amigos muertos no quieren jugar con nosotros. No hace mucho le hize un retrato con carbón de brasero del Chiringuito, y alguien se ha tomado la molestia de pintarle la cara con acuarela orgánica. Creo que Chico tiene enemigos, yo no.